Lo que se gana (y lo que se queda atrás) durante el proceso migratorio

Reflexionamos sobre la migración y los factores que pueden provocar estrés mientras cada cual hace su camino en el nuevo país, así como sobre las maneras de afrontar los cambios y, sobre todo, los conflictos de identidad que aparecen cuando con la migración casi no nos reconocemos. Tanto lo que dejamos atrás como las nuevas experiencias que vamos acumulando en el nuevo entorno ocupan también parte de las vivencias que se comparten en la sesión.

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Sesión 2. Contenido: Nuestras pérdidas y ganancias en la migración (profesión, estatus, cultura).

A cargo de: Dra. Lena Pérez Naranjo

16/09/14

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Después de hacer un ejercicio de relajación que nos ayuda a centrarnos, Lena inicia la segunda sesión del proyecto KAMI (Kunst-Arbeit-Migration-Integration) explicando las diferentes fases que existen dentro del proceso migratorio.

 

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  1. Fase de preparación a la migración y de la migración en sí misma.

El proceso de la migración empieza desde que uno toma la decisión de emigrar. Incluso desde antes, desde cuando, de niño, uno decía desear irse fuera y conocer otros países, otras culturas. Es entonces cuando nace esa predisposición a cambiar de lugar.

Hay que diferenciar si es una migración deseada o forzosa, es decir, si uno sale de su lugar de origen ya con todo preparado -por tratarse de una migración por estudios/mejora laboral o por el inicio de una relación sentimental- o por un hecho ajeno a uno -caso de los exiliados-.

  1. Fase de la llegada y primer tiempo en el nuevo país.

Se asocia, en un primer momento, con la euforia que se tiene nada más llegar: uno se siente aliviado de haber “por fin” salido de donde uno quería irse. No hay tiempo para reflexionar sobre mucho, puesto que apremia sacar adelante gestiones obligadas debido a la necesidad de adaptarse al nuevo entorno.

Hay estrés porque hay que dar una respuesta rápida a lo que se está haciendo.

Comienzan los sentimientos de soledad y las primeras insatisfacciones y cuestionamientos, sobre todo, en casos de relaciones que nacieron a distancia y con la migración es cuando se empieza a convivir.

 

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  1. Fase de descompensación.

Se  hace patente que no se está en el sitio donde uno nació. Se hace más o menos intensa esta sensación en función de cómo hayan transcurrido experiencias previas en las que uno ha tenido que separarse de personas cercanas/queridas.

Es una fase sensible. El duelo interno puede manifestarse físicamente en alergias sobrevenidas, dolores de estómago o de cabeza. El estrés se hace más palpable.

La cultura de origen se idealiza y uno anda continuamente comparando las “beldades” de la zona de procedencia, con “todo lo malo” que le rodea en la actualidad. En esta línea, uno le da valor a lo que tuvo y ya no tiene, lo cual además se idealiza.

Para las personas que tuvieron una vida laboral en el país de origen, se le da mucho valor a la actividad social que se tenía.

 

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  1. Fase de reorganización.

Se empiezan a crear automatismos, maneras automáticas de funcionar, de proceder. A la par, se llega a un punto en el que uno entiende más o menos el idioma y los códigos de funcionamiento social, y se anima, pues, a responder. Hay, en definitiva, una mayor capacidad de acción, reacción, interacción.

La reflexión que debe hacer uno cuando llega a esta fase es que tenemos que valorar lo mucho que ya somos capaces de hacer ahora que antes no podíamos.

Se trata del momento en el que se conoce a más gente, se hace más vida social: hay un mayor bienestar.

Se produce también una mayor estabilización de la relación que sea que se mantenga con la familia de origen y con las amistades del país de origen. Uno es capaz de organizar su vida social desde aquí (régimen de visitas de conocidos y familiares, videochats por Skype y otras redes sociales). También le queda a uno más claro con quién cuenta uno allá, en el país de origen, y con quién no. Todo esto da más estabilidad y estructura y ayuda a que uno se sienta mejor.

Puede ser foco de estrés en el proceso de migración el hecho de no saber qué perspectiva de futuro se tiene en el país en el que se está, por la gran incertidumbre que conlleva esta situación. Este factor es un impedimento, es vivido como un lastre a la hora de ponerse a buscar trabajo.

 

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A continuación, Lena pasa a enumerar los cuatro grupos migratorios fundamentales en los que uno se puede situar, con los que uno se puede identificar:

  1. Integración. Se habla de integración cuando las personas del lugar también comparten nuestros valores. Hay aceptación del otro por ambas partes. Evidentemente si el medio no está predispuesto a escuchar, no se da la integración.

Actualmente se empieza a hablar de “inmersión” y no de “integración”, en tanto a que “integración” es un término asociado a la “multiculturalidad” y al fracaso de este propósito.

2. Asimilación. Consiste en la asimilación completa de los valores de la cultura del país de llegada. El valor que se da a la cultura propia es equivalente al que le pueda dar un extranjero a esa cultura.

3. Separación. El migrante no encuentra paz ni con sus propios valores ni con los que caracteriza a la sociedad de acogida. Se siente como en el aire. En estos casos, en las terapias se hacen intervenciones para intentar rescatar los valores de uno u otro lado, los que sean más recuperables, para que así intente reconstruir su identidad en base a unos u otros.

4. Marginalización. La persona se identifica con la cultura de sus antepasados y rechaza la cultura de donde está. Esta situación da lugar a la formación de guetos y a conflictos sociales.

 

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La sesión concluye con la exposición de los rasgos fundamentales del llamado “Síndrome de Ulises“, también conocido como “síndrome del emigrante con estrés crónico y múltiple”. El nombre se inspira en el héroe mítico Ulises, el cual vivió innumerables adversidades y peligros, lejos de sus seres queridos. Toma ese nombre porque el afectado tiene la sensación de estar en un viaje permanente –como Ulises-.

Una vez diagnosticada la persona y el estrés que tiene por causa de la migración, el terapeuta procede entonces a la identificación de factores de estrés que marcan el cuadro clínico.

Según la teoría que sostiene la existencia de este síndrome, el “duelo de la migración” es:

  • Parcial (no es total; total y definitiva es la muerte).
  • Recurrente.
  • Vinculado a aspectos infantiles arraigados. Esto explica por qué hay personas que pueden pasar más holgadamente el estrés causado por la migración, y otras, por el contrario, lo pasan mucho peor, les cuesta más.
  • Múltiple. La migración tiene siete duelos, siete áreas en las que reorganizarse:
    • Familia y amigos.
    • Lengua/idioma.
    • Cultura (costumbres, religión).
    • Tierra (luminosidad, humedad, paisajes).
    • Estatus social (vivienda, trabajo, posibilidad de ascenso social).
    • Contacto con grupos étnicos.
    • Riesgos para la integridad física. Quien no tiene un estatus legal aclarado, tiene el riesgo de la deportación. Es un motivo más de estrés.

 

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  • Estrés por cambios en la identidad. Mi identidad se ve cuestionada cuando veo que lo que quería hacer, no se puede.
  • Da lugar a una regresión, porque uno necesita más ayuda; la seguridad y autonomía que uno creía tener, se pierde con la migración.
  • El estrés y el duelo migratorio se desarrolla en fases. Es importante tener siempre presente que estas sensaciones no son permanentes ni para toda la vida, sino coyunturales.
  • El duelo migratorio supone la puesta en marcha de mecanismos de defensa y errores cognitivos en el procesamiento de la información. De ahí que el terapeuta le dé importancia a la “reprogramación cognitiva” (cambiar el chip) cuando trabaja con una persona con estrés migratorio.

 

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  • Se acompaña de sentimientos de ambivalencia.
  • El duelo lo viven también los autóctonos que se quedan en el lugar de origen.
  • El regreso del migrante a su país de origen es una nueva inmigración. Afrontar la vuelta no sólo supone enfrentarse a la realidad de ese lugar de origen que se ha tenido idealizado, sino también acometer la actualización de la imagen de ese lugar. Durante este tiempo que ha transcurrido desde la marcha del migrante, ha registrado muchos cambios. Es un todo totalmente distinto al lugar que dejamos cuando salimos. Por tanto, antes de volver, se recomienda emprender ese ejercicio de actualización, para evitar frustraciones futuras.
  • Es un duelo transgeneracional. Las segundas y terceras generaciones idealizan mucho más la idealización de la primera generación. De ahí que sea tan grande la responsabilidad de los padres migrantes respecto a sus hijos de hacer una mesurada transmisión del vínculo con el país de origen, lo más lejana posible de añoranzas e idealizaciones.

 

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